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Con lo que me falta, yo puedo vivir

Con lo que me falta, yo puedo vivir
En el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, vale la pena preguntarse cómo reaccionamos ante ellas...

3/12/2013

“No soy un discapacitado, soy una persona con una discapacidad que no le impide vivir”.
Así me dice siempre mi tío, y con el tiempo he comprendido por qué se empeña tanto en establecer la diferencia. Su distrofia muscular progresiva fue detectada con apenas dos años y desde entonces mi abuela vivió con la espada de Damocles encima, ante la certeza de los médicos de que quedaría inválido con siete años y moriría un quinquenio después.
Sin embargo, mi tío fue un niño que jugó, corrió, hizo maldades y se ganó regaños de maestros y vecinos, a pesar de que caminaba en puntas de pie y de vez en cuando se caía. Estudió como los demás, bailó, nadó y recorrió el país. Apostó por la geología, aunque después le explicaron que, por sus limitaciones físicas, debía trabajar en una oficina y no escudriñando cuevas.
No se rindió, y mientras su cuerpo perdía fuerza y capacidades de abajo hacia arriba paulatinamente, trabajó en un taller de zapatos y una fábrica de fósforos, en la emisora Radio Reloj, en una cafetería, en un almacén de autos y, por último, en la Empresa de Comunales Aurora.
Lo importante es no quedarse achantado, me asegura. “No importa si coses la suela de un zapato o barres una calle o custodias un lugar o eres mensajero de una bodega. Lo que no puede pasar es que no te sientas útil y feliz contigo mismo”.

Hace unos años mi tío no puede pararse de la cama, sentarse en una butaca o sencillamente andar como lo hago yo. Ha perdido movilidad en sus piernas y a gatas recorre la casa y se vale por sí mismo. No deja de leer, de escribir, de confeccionar postales, de ver televisión, de mantenerse al tanto de todo y no abandona la idea de rehabilitarse con los ejercicios de la fisiatra o con algún aparato específico.

“Estoy convencido de que con lo que me falta, siempre podré vivir”.



Hoy, a propósito del Día Internacional de las Personas con Discapacidad, declarado por las Naciones Unidas en 1992,  pienso en él. No en los obstáculos que ha debido vencer, sino en los sinsabores de la familia que lo ha acompañado siempre.

Los mil millones de personas que viven con algún tipo de discapacidad en el mundo aprenden con el tiempo a conocer sus límites y a desenvolverse en la sociedad. Demandan cariño, comprensión y apoyo, pero protegen su corazón con una fuerte coraza para saber lidiar con las asperezas de la cotidianidad, esas que pueden escaparse de la boca de un inocente niño que se burla o de la mirada de un hombre o mujer que vuelve la mirada hacia otro lado y no tiende la mano.
Sin embargo, la familia sufre. Al principio sobreprotege demasiado, luego otorga libertades y calla cuando alguna mofa o rechazo lacera a su familiar. Al mismo tiempo es la primera que ríe y se alegra de los logros que se alcanzan y de saber que los más grandes obstáculos pueden sortearse.
¿Paciencia? Hay que tener mucha, porque no siempre se tiene el mejor carácter y en ocasiones las dosis de voluntad escasean. Pero es que si la persona tiene una discapacidad y debe aprender a vivir con ella, los seres queridos también deben aprender a no sujetar las riendas y soltarlas.
La Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad establece que merecen no ser objeto de discriminación, ser respetadas y reconocidas desde la participación y la inclusión, brindarles igualdad de oportunidades y desde la niñez, garantizarles la posibilidad de crecerse.
Más allá de documentos, hace falta palpar la realidad. En nuestra sociedad sobran los buenos ejemplos y se eliminan barreras poco a poco. Las arquitectónicas, las comunicacionales, las laborales, pero todavía faltan otras. Quedan las miradas imprudentes, los comentarios inoportunos, los brazos negados para apoyarse. Vale la pena preguntarse, ¿cómo reaccionamos ante una persona con discapacidad?

En unos años seremos un planeta envejecido, y la discapacidad que se adquiere con los años será la que prevalezca. Por eso hay que estar preparados e impulsar el deseo de tener un mundo inclusivo en el que todos podamos vivir con dignidad.

Como yo, mi tío se lo merece.
Sobre el autor
ANA MARÍA DOMÍNGUEZ CRUZ
"Una periodista cubana en mi tercera década de vida, dispuesta a deslizar mis dedos por el teclado".
Tomado de CUBAAHORA.
Revista Digital
Martes, 3 de diciembre de 2013


REFLEXIÓN DE NAVIDAD



FELIZ NAVIDAD

                           SIIIIIIIIIIIIIIIII  

                                                         ….      PERO        …….

Apreciadas amigas y respetables  amigos lectores; al aproximarnos a celebrar una fecha cultural y religiosa muy importante, en la que en la cultura occidental y específicamente   el Cristianismo,  rememora el Nacimiento del Niño Jesús  o la transformación de Dios en hombre, para acercarse a la humanidad que es su principio y fin; que culturalmente constituye un hito en el calendario anual, para volcar la mirada hacia el interior de nosotros mismos, para en una especie de autoevaluación,  valorar la acción realizada en el año, un espacio de tiempo en que parecemos enternecernos, rebosar bondad  e infinitos deseos de hacer el bien para resarcir el  mal ocasionado  a lo largo del año, un tiempo en el que muchas personas se tornan aparentemente desprendidas y generosas, para justificar ante el Padre supremo, su derecho a alcanzar su gracia y su perdón.
Esta es la actitud que  a logrado interiorizar en occidente el Cristianismo, y que ha sido óptimamente aprovechada por el capitalismo mercantilista, para  explotar hasta el límite el espíritu consumista, la competencia, el morbo comparativo en el que muchas familias sucumben con derroche de ingenuidad, midiendo capacidad de consumo o de endeudamiento, para guardar las apariencias, inflamando sus egos  vacíos y patéticos, más aún cuando adoptan con  cinismo actitudes paternalistas, o generosas que no encajan con su filosofía de vida y éxito.
Qué pena que el omnipoderoso sistema económico social haya conducido a la sociedad a estos extremos muy peligrosos, que deshumanizan  al hombre mostrándolo de cuerpo entero como artífice del consumismo, la contaminación, la destrucción ambiental  y enarbolando los antivalores como su mejor carta de presentación.


Es hora entonces, damitas y caballeros de repensar nuestra acción, nuestra tradición y la forma de concebir y celebrar la Navidad. Estimo que si bien es válido acogerla  como un espacio de tiempo para una mirada retrospectiva  a nuestro diario accionar, es imprescindible que nos liberemos de las ataduras del ilimitado consumismo que nos esclaviza, transformándonos en voraces depredadores del entorno, para mirar la Navidad desde la perspectiva de la naturaleza, como criaturas de la tierra, del mar, del sol, de la lluvia, del viento, es decir vernos y sentirnos hijos de esta madre tierra, recuperar nuestro ser natural, y desde una visión social, colectiva, integral del universo, de la sociedad como un sistema interactuante, identificar las relaciones de interacción que se generan entre todos los seres que componemos este universo infinito, pero profundamente ínter e intra vinculado.


Es necesario que al identificar estas relaciones profundas, que naturalmente se generan entre los seres que componen el universo y específicamente entre aquellos que corresponden a la misma especie, construyendo a partir de estos elementos un conjunto de valores positivos e imprescindibles para la supervivencia de la naturaleza y la sociedad, tales como la solidaridad, la equidad, la justicia, la distribución igualitaria de la producción y la riqueza, como práctica social permanente, que desterraría la necesidad  de obsequiar y ayudar a los menos favorecidos, ya que aquellos a quienes elegantemente el sistema llama menos favorecidos, son en realidad los despojados por quienes hoy se presentan como magnánimos Reyes Magos.


Navidad sí, pero con  un urgente cambio de concepción, buscar reunirnos en familia, superar el orgullo individual y simplemente ser más sinceros y honestos con nosotros mismos y especialmente con los otros, no sonreír por compromiso, no esperar recibir a cualquier precio, o dar solo para guardar apariencias. Es mejor dar más tiempo a aquellos con los que poco hablamos, jugar con nuestros niños, familia y amigos, despojándonos de las acostumbradas máscaras, que asumimos para darnos importancia y justificar nuestra vanidad.


Valoremos a nuestra pareja, a los hijos, a los padres, a los hermanos, demás familiares y amigos, por lo que son, por el sentimiento que puede generar en nosotros su presencia, no por lo que tienen,  pueden darnos o hacer por nosotros.
Al menos por esta vez intentemos despojarnos de ese antifaz que parece ya haberse encarnado, en nuestra endeble humanidad.


Es mejor una rosa con amor, que un caro juguete que expresa poder y arrogancia, minimizando a quien lo recibe, maximizando a quien lo da, excluyendo a quien no lo tiene, marginando a quien lo desea, empequeñeciendo a quien no puede darlo, a la luz de un sistema de valores en el que prima la capacidad de consumo y el poder de la acumulación de recursos innecesarios para la vida. Juguete que implica sudor y lágrimas de obreros cansados, explotados, hambrientos, con sueldos de miseria, quizá migrantes, como muchos de los nuestros; Juguetes que se desecharan en muy poco tiempo y pasaran a constituir más basura para el sistema, que provienen de minas de minerales donde muchos humildes del mundo han ofrendado su vida.


Saludemos con la mano abierta, con confianza y con cariño, no por Navidad, sino siempre, este es un buen momento para empezar a ver la vida de forma diferente a valorar la naturaleza y no a sus destructores y esa práctica suicida en que se encuentra inmerso el sistema.



FELIZ NAVIDAD, SIEMPRE QUE LO TOMEMOS COMO EL PUNTO DE PARTIDA PARA  CONSTRUIR UN MUNDO CON RELACIONES SOCIOECONÓMICAS E INTERPERSONALES DIFERENTES, SOLIDARIAS, EQUITATIVAS  Y ESENCIALMENTE JUSTAS.

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